Un día en el mercadillo

DSC00083Hoy pasé el día en un entorno típico español. Los mercadillos son ferias que se montan en numerosos municipios y constituyen un paseo habitual para residentes y turistas. Se organizan en grandes predios habitualmente regulados por los Ayuntamientos, por lo cual los propietarios requieren de un permiso para montar sus puestos. En los mercadillos se comercializan todo tipo de productos: frutas y verduras, alimentos, ropa, antigüedades, libros, accesorios, elementos de decoración… Muchas personas se surten allí de todo lo necesario para la vida diaria, ya que en muchos casos los precios son sensiblemente menores que en los comercios tradicionales, donde los costos para el propietario son mayores.

A nivel turístico, los mercadillos son tanto o más promocionados que cualquier otro paseo de compras y tan imprescindibles como la visita en plan turista a museos, iglesias o monumentos, y no solo con el objetivo de fomentar el consumo. Según me contaba Ana, que hace más de treinta años que monta sus puestos en distintos mercadillos de la Costa del Sol, sobre todo los turistas provenientes del norte de Europa, habituados al frío y la lluvia, cuando salen de vacaciones quieren estar al aire libre y gozar del sol, inclusive al momento de hacer las compras. Para encerrarse en centros comerciales enormemente grises ya les basta durante el año, cuando el mal tiempo los empuja invariablemente a predios cerrados.  (más…)

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Si siempre viajé solo, y siempre vos fuiste mi faro

DSC00032Fueron un verdadero lujo y placer los diez días que pasé en Mallorca gracias a la hospitalidad de Beto y Carola y la amable de invitación de Cielo para pasar unos días en La Isla. El turismo en las Baleares es eminentemente extranjero y europeo; creo no equivocarme en mi percepción de que los españoles también gustan de la playa, pero de la mediterránea. Dicho esto, figúrense a las sudacas yirando por las playas y calas mallorquinas, repito, gozando de un auténtico privilegio.

La Isla (creo yo que todas las islas) es un mundo aparte. Topográficamente alucinante, con valles y elevaciones bañadas por el Mediterráneo que todo lo invade a la menor oportunidad. La ciudad cabecera (Palma de Mallorca) es una urbe moderna, prolija y de dimensiones considerables. El centro histórico está muy bien conservado y el trayecto culmina en la contemplación de una joya de la arquitectura: la Catedral de Mallorca, en la que intervino ni más ni menos que el mismo genio que “edificó” media Barcelona: Antonio Gaudí. Nuevamente sentí esa mágica inquietud por contemplarla desde todo ángulo y perspectiva para desvelar cada pico y punta, cada detalle. Es una sensación regocijante que no todos los lugares me han despertado por más emblemáticos que sean, pero que “los Gaudí” desatan invariablemente en mí. Frente a la Catedral, el paseo marítimo y el puerto también son dignos de contemplar y admirar.

El pueblo en el que nos alojamos, a unos treinta y cinco minutos de Palma, se llama Soller y es un paraje alucinante y escondido, cuyo acceso a través de un túnel de tres kilómetros por dentro de la montaña misma vaticina la mística del lugar. Parece estar detenido en el tiempo, con una arquitectura idéntica y uniforme en colores verde y arena, con pasajes angostos y casas bajas y de piedra, con frentes austeros. Soller tiene su propio puerto a unos tres kilómetros, donde vi los atardeceres más lindos de la historia y degusté la exquisita gastronomía sollerica, pasando por los típicos platos de mariscos en el restaurante Lua, hasta los nachos con queso y las pizzas multivariedad de Domenico (sí chicos, de todo lo que nos privamos en cinco meses nos pusimos más que al día en La Isla).

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El atractivo principal: sus playas, que despuntan indistintamente del punto cardinal en que uno se encuentre (espectáculo tan raro como estimulante, propio de un pedacito solitario de tierra como es una isla). Agua caliente, trasparente, celeste, limpia; acantilados naturales y peces por doquier; poco y nada de urbanizaciones en las inmediaciones y tantos topless como libros en todas las lenguas y géneros, las claves de las platjas y calas (que son las más pequeñitas, alejadas y vírgenes). En Mallorca hay cerca del doscientas calas y es difícil encontrar a un isleño que las conozca todas aunque viva desde siempre en la La Isla.

kapriccUna estadía prolongada en La Isla nos permitió vivir situaciones diversas y poco esperadas, algunas ya comentadas: recorrimos y dormimos en un crucero de primer nivel, anduvimos en tranvía, festejamos la noche de San Juan a la usanza mallorquina, dimos una entrevista para la televisión autonómica explicando cómo hacer y beber un mate y hasta fuimos celadas sin motivo (…). En definitiva, Mallorca fue otra parada de este viaje sin igual que dejé atrás, con nostalgia por los buenos momentos vividos pero feliz porque todo sigue sobre rieles, los mismos que en breve me conducirán de vuelta a mi hogar.

Pero antes, la última parada: Costa del Sol 😉

El que quiere celeste, que le cueste

A mi abuelo Vidal, con un recuerdo y un agradecimiento eterno

Mi visita a la isla de Mallorca tuvo como dato de color los paseos en diferentes medios de trasporte y locomoción poco usuales y ajenos a mi experiencia previa. Estando en Soller fuimos hasta el puerto en tranvía, vehículo centenario que conserva las notas distintivas de aquellos lejanos años, desde la carrocería y los asientos hasta la bocina y el andar lento, cansino y alejado del vértigo propio de nuestra época. Es una de las travesías turísticas “imperdibles”: los poco más de tres kilómetros que recorre a paso de hombre salen nada menos que cinco euros… lindo negocio el del tranvía, como casi todo en esta vida.

La situación más novedosa era hacer el visit on board en un crucero de MSC que hace puerto en Palma, donde trabaja Belu, la hermana de Cielo. La primera vez lo conocimos íntegro y vimos el lujo y la variedad de ambientes y actividades en esa mini ciudad. Y ayer teníamos una oportunidad todavía mejor: ¡dormir en el barco! Nada de lujos, sino en el camarote como los casi setecientos crew (tripulación) que hay a bordo. ¿Cómo sería dormir casi al nivel del mar, sin ventanas, en una habitación mínima? ¿Se movería el barco? Pronto lo sabríamos.

Un rato antes de embarcar me llegó un whatsapp. Falleció el abuelo, tan súbito como triste. Un dolor hondo y las lágrimas incontenibles por la pérdida de una persona excepcional y por la crueldad de la distancia que no me permite apechugarme con los míos para darnos bríos y consuelo en este momento. Por la culminación de la vida en sí, un leve sosiego: fueron 91 años bien vividos; no le quedaba nada por hacer ni dar, ya todo estaba hecho. 

Todas mis expectativas pasaron a ser un eco lejano frente a la desoladora realidad. La buena compañía y una certeza tangencial al raciocinio de la época me ayudaron a digerir el mal trago, que aún así sigue a medio camino, atorado.

Dos de mis frases de cabecera“la vida es muy compleja” y “el tiempo pasa como tiene que pasar” ven su razón de ser una vez más, y yo tenía que continuar pese al subidón.

Finalmente me embarqué, asistí a un excéntrico festejo por la independencia de Madagascar (?) que organizaba la tripulación de aquel país, y pese a mi ánimo y disociación mental no pude menos que sorprenderme ante tal movimiento de caderas al son de los ritmos africanos. Costó conciliar el sueño pero pude dormir, casi olvidándome de que estaba en un barco, concretamente en un puerto del Mediterráneo donde no hay ningún oleaje que temer. 

Una tercera frase que ya me la han “oído” decir: todo (el barco, la pérdida) es aprendizaje.

Noche de San Juan
Noche de San Juan

Por primera vez en el viaje y con motivo, no estoy a gusto; quisiera estar en otro lado, con otra gente y otras preocupaciones. Repito: no quiero estar aquí, pero no es fácil rebelarse contra una imposición que además no da lugar a opción o discusión. La fe en que él está mejor, la esperanza en volver a encontrarnos y la caridad en la descendencia que él supo construir curarán mis heridas.

Agrego una cuarta máxima otrora enunciada: lo que cuesta, vale. Y el que quiera celeste como el cielo en el que vive, reposa y descansa mi abuelo, que viva, y que le cueste.