Se me abrió hasta la puerta de Alcalá

Pensándolo en función de su extensión territorial y poblacional y de los pocos días que pasé allí, quizá Alcalá de Henares no merezca tantas líneas como pretendo dedicarle. Sin embargo pasé unos días muy entretenidos y los sitios que visité no pueden menos que ser descriptos en profundidad, dado la cantidad de historias y detalles que albergan.

Alcalá (40 minutos al noreste de Madrid) nació como Complutum alrededor del año 30 d.C. y formaba parte del Imperio Romano. El devenir de la Historia Universal con sus invasiones y reconquistas no la dejaron exenta: fue visigoda, luego árabe y más tarde cristiana hasta que comenzó a forjar la identidad que mantiene hasta hoy, en parte gracias al hito que supuso la construcción de la famosísima Universidad allá por el 1500. ¿Que qué es hoy? Un cúmulo, una mezcla, una simbiosis: española, cristiana, judía, árabe, medieval y moderna… También es oficialmente Patrimonio de la Humanidad. Y afortunadamente sus habitantes la quieren, cuidan y abogan por su difusión como tal. No hay crisis ni falta de liquidez que espanten esas ansias de darle el estatus que le corresponde. Aún hoy se sigue excavando, se sigue promoviendo, se sigue inculcando a niños y turistas sobre el valor de la “ciudad del saber”. (más…)

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Valencia no falla

Tuvimos la suerte de conocer Valencia en la época del año en que la ciudad y su gente se visten de fiesta. Las tan mentadas Fallas comenzaron el 1 de marzo y culminan el 19, día de San José, patrono de España (el asueto se puenteó y es mañana lunes), cuando se quemen las colosales figuras concienzudamente confeccionadas durante todo el año.

La historia de esta tradición es tan rica como remota. En resumen, data de mediados del siglo XVIII y en un principio consistía en la quema de los desechos del trabajo de los carpinteros  en la víspera de su patrono San José. Paulatinamente, a partir de los despojos aparentemente inutilizables fueron moldeándose figuras grotescas con una vigorosa carga simbólica: muñecos de trapo con leyendas burlescas representaban personajes o hechos que despertaban la ira, la vergüenza o el repudio de los valencianos y eran devorados por las llamas año tras año. Con el perfeccionamiento de las técnicas de composición, la costumbre mutó en una demostración y competición más propia de un certamen artístico pero sin perder su intencionalidad satírica sobre cuestiones de la actualidad.

Los puntos salientes de nuestro itinerario: pasado el mediodía presenciamos (escuchamos más de lo que vimos por la inmensa marea de gente) la mascletá, que es un show de pólvora que se realiza puntualmente a las dos de la tarde cada día de las Semanas Falleras en la Plaza del Ayuntamiento, donde se erige la falla principal. Me impactó el entusiasmo de los valencianos por unas explosiones que objetivamente dejan más olor a pólvora que placer visual, pero me alegró: desde que me toca “jugar de visitante” tengo más claro que porque que uno no entienda no significa que no sea importante.

La arquitectura valenciana es notoriamente distinta de lo que vimos hasta ahora en otros viajes. Lo apreciamos en la Estación de ómnibus, el Ayuntamiento, en los edificios residenciales y de las grandes compañías, en las iglesias. Se hace patente el resabio árabe en las cúpulas, las construcciones con madera, ladrillo, mosaicos y brillos. La Plaza de Toros imita estilísticamente  al Coliseo Romano aunque data del siglo XIX y tiene capacidad para unas 7000 personas sentadas. Las corridas eran un espectáculo tan convocante como es hoy el fútbol y aún hoy son un símbolo en toda España.

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El momento cúlmine de la recorrida por Valencia fue de madrugada: un show de fuegos artificiales para celebrar la exhibición de decenas de fallas en toda la ciudad, listas para entrar en competencia y ser quemadas el martes. El espectáculo de luces que en mi ciudad veo en contadísimas ocasiones durante el año se repite por cuatro noches consecutivas en Valencia, cada vez con mayor color e intensidad. Sinceramente aprecio los fuegos pero no me deslumbran. Sin embargo, en la noche fallera valenciana no pude menos que maravillarme por el marco festivo que adornaron.

DSC00021Es un festejo de toda la Comunidad Valenciana que tiene muchísimos condimentos: los trajes típicos, la música, las luces, los petardos, el compartir en familia, con amigos o desconocidos de todas las edades (literalmente, desde bebés hasta adultos mayores) y ocupaciones diversas (estudiantes, turistas, policías, tribus urbanas, mendigos). En el sentido más originario del término, Valencia es una fiesta en estos días: las calles están repletas a toda hora, se escuchan música en vivo a la vez que explosivos que detonan a tus pies mientras la gente bebe, come y baila en la calle sin ningún reparo salvo el de no ocasionar problemas al otro. Hay disfrazados, banderas valencianas por doquier, puestos callejeros de buñuelos, churros y paella, vendedores de accesorios y bebidas frías… No en vano semejante despliegue de TODA la comunidad es considerado una fiesta de Interés Turístico Internacional.

Si hay crisis que no se note, comentábamos con un argentino que encontramos (era obvio, ya comprobamos que somos plaga) mientras mirábamos anonadados, visualmente sedados y regocijados, los fuegos artificiales. Ya hablé de los “mimos en tiempos revueltos” en una entrada anterior, y me parece bien que así sea siempre que no represente un derroche o una mera ostentación. En el caso de las Fallas Valencianas puedo dar fe de que no es así: la alegría y compenetración de los residentes con el festejo es auténtica y contagiosa. Me saco el sombrero con esta crónica que no es más que un elogio, y con la felicitación y agradecimiento que dimos a un valenciano, padre y esposo, que cruzamos en la noche de celebración. Me sentí aliviada al decírselo: quizá sea un buen motivo para que ni en circunstancias más desalentadoras que las actuales pierdan los motivos para festejar.

Merci París

DSC07691Tengo miedo de escribir este post. Y no porque me obligue a hablar sobre algo malo, sino todo lo contrario. Lo único deplorable es mi probable falta de precisión y memoria para incluir ciertas situaciones y detalles. Es que en una semana en París pasaron muchas cosas, y afortunadamente puedo decir que todas fueron muy gratas. Así que intentaré sacudirme la modorra mental a medida que tecleo y se me escapen las sonrisas por cada buen momento vivido y mentalmente recobrado.

París es una ciudad deslumbrante: grande, atiborrada, histórica y pintoresca. No se puede destinarle menos de cuatro días. Yo fui cinco; con uno más podría haber hecho tres paseos fundamentales que me quedaron para la próxima: los museos d’ Orsay y Pompidou, y el paseo en barco por el Sena.

Día 1:

El día más frío de todos. Eso que a me mi piace, pero lo padecí. La clave, abrigarse más de lo que consideraría suficiente. A la mañana paseamos por el Sena hasta la Torre Eiffel. Hicimos el ascenso a los dos primeros pisos caminando (unos seiscientos escalones). El tercer nivel es por ascensor. Había mucha neblina, con lo cual apreciamos la increíble vista panorámica, pero a medias. Aclaración obvia: quedé fatigada de las piernas desde este ascenso y me recuperé recién el último día… cosas que pasan.

Por la tarde visitamos el Hospital de los Inválidos. Es un museo militar que retoma la historia (nacionalista) francesa desde las fortalezas del Medioevo, Napoleón, la II y III República, Guerras Mundiales, colonialismo. Contiene armas, municiones, uniformes, tanques, propagandas y el cuerpo de Napoleón. (más…)