Había una vez lisboetas y alfacinhas


*Los lisboetas reciben el apodo de alfacinhas, debido al intensivo cultivo de lechugas que hacían los antiguos habitantes de Lisboa en los campos cercanos a la capital.

Por más tranquilos que hayan sido los pasados días en Lisboa, la primera vez en un lugar y sobre todo en plan turista, siempre despierta la curiosidad y dispara anécdotas casi sin parar.

Temprano al sobre

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Oh problema cuando detectamos que después de las siete de la tarde no había nada abierto, pese a ser zona turística y blablá… y nosotras recién empezábamos a levantar campamento de la playa a esa presta hora de la tarde. Eso nos restringió varias compras, sobre todo en lo referente a nuestro menú gastronómico, que no fue muy variado esos días en parte por esto. La realidad es que Lisboa es una ciudad con movimiento constante desde temprano en la mañana por lo cual merma temprano, aunque no llega a ser el caos de esas capitales enloquecedoras.

Starbucks, mi buen amigo

st foodConsecuencia de los comercios tempraneros, sumado a que en muchos lugares no aceptaban tarjeta de crédito (¿sólo bancos nacionales como medida para reactivar el mercado interno? #crisis), optamos por la conocida cafetería de la planta baja de la estación de Rossio, de la que nos separaba una escalera. Abierta hasta la madrugada, con menúes variados y cartão de crédito, Starbucks fue nuestra repetida y predilecta opción, lo cual no implicó demasiado sacrificio ya que en Mar del Plata extrañaremos horrores esa buena costumbre que adoptamos en Europa.

Museo de Cera

El tercer y último día, después de estar en promedio seis horas al puro y duro rayo del sol de junio sinceramente empezamos a esquivarle. A la vuelta de la playa nos esperaba una caminata de una hora hasta el hostel con el solcito todavía pegando, así que sin empacho optamos por cubrirnos los hombros con sendos pareos, en una actitud poco cool y más bien pragmática. Cande dijo acertadamente que estábamos para ser exhibidas en un Museo de Cera, dada nuestra piel bronceada, dura y encremada; apenas podíamos sonreír. Aunque nos reímos, y mucho, de esa ocurrente verdad. 

La vida por un poco de crema hidratante

Figúrense esta situación: te arde tanto la piel después de estar al sol que morís por pasarte crema después de bañarte para aliviar la molestia. Bueno, hubo una de nosotras que no escuchó que el potecito tenía crema, pero para el pelo, se la puso y hasta que se dio cuenta pasó un rato… No voy a dar nombres, sólo diré que es la más aplicada de las tres roomates. ¿Difícil, no? 🙂 hagan sus apuestas.

Buenos vecinos falam portuñol

Sólo cruzamos a un compatriota: Lucas, neuquino, trabajaba en el hostel después de estar un tiempo en Marruecos y dejó Argentina hace casi un año. Como era de esperarse había muchísimos brasileros; nuestra roomate nos contó que hasta para ella era difícil entender el portugués en Lisboa ya que hablan mucho más rápido. Por lo cual no me aflijo demasiado por no entender, y saber tantas palabras sueltas como dedos de una mano. Ni siquiera el portuñol es lo mío, aunque afortunadamente ellos demostraron bastante habilidad para descifrar lo que queríamos decir. Dicen que la clave es la paciencia.

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Un comentario en “Había una vez lisboetas y alfacinhas

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