Las sorpresas, como las desgracias, rara vez vienen solas


¿Viste esos días cuya perfecta adjetivación es COMPLICADOS y no hay margen de error porque sino todo se va al garete? Bueno, yo venía con una seguidilla de esos. Mucho estudio y fatiga ocular, an English presentation y poquísimas horas de sueño persiguiendo un trabajo imposible. La mañana arrancaba demasiado temprano y viendo de refilón el día precioso como pocos en este mayo madrileño, sabiendo que todavía quedaban unas horas más de trote intensivo. Estaba entrando en la última parada, pero no bajes la retarguardia que todavía es viernes.

Decía que nada podía salir mal. Y demasiado pronto salió, y por algo insólito para mis tiempos minuciosamente cronometrados: perdí el bus. Siempre estoy a horario en la parada y justamente por eso hoy no llegué: pasó más temprano. Claro que lo corrí aunque estaba casi a doscientos metros: ¡el próximo pasaba recién en media hora y yo tenía a mi grupo en vilo esperando el trabajo! Les recuerdo mi localización: Villanueva de la Cañada. Son más de diez kilómetros por carretera hasta la Uni. El bus era mi única opción. Y no llegué. Pero esto recién empieza.

Aquí me lo encontré a Jose y se empezó a revertir mi mala racha
Aquí me lo encontré a Jose y se empezó a revertir mi mala racha

Resignada, llegué a la parada. A los pocos segundos un Ford Ka azul francia aminoró la marcha y el conductor me hizo un gesto: que subiera, que me llevaba a la próxima parada (unos quinientos metros). No podía creer mi suerte y no lo pensé.

Jose, ecuatoriano, casado con hijos y residente en la Cañada desde hace doce años, donde “se vive muy bien”. Me preguntó lo que él mismo se respondió: “¿Eres argentina, verdad?”. Ya saben de mi extroversión que no conoce de momentos inadecuados, pero hasta yo me río recordando que íbamos conversando como si no hubiera prisa ni pudor. Pacientemente perseguimos al bus; no sé si lo hice desviarse de su ruta pero no amagó a dejarme antes de verme ya subiendo, seguro de que esta vez sí llegaba a tiempo.

Todo lo malo que venía siendo el día se compensó con las buenas intenciones de Jose para conmigo, una desconocida. Todavía sigo sorprendida y agradecida por su gesto y pienso y repienso por qué en Argentina nunca me ha pasado una cosa así. ¿Por desconfianza, por la “sensación de inseguridad” de la que nos acusan y por la que bajo ningún concepto me subiría al coche de un desconocido, ni aunque llegue tarde? ¿O porque levantamos poco y nada la cabeza para ver qué sucede a nuestro alrededor? Lo cierto es que además de ayudarme a superar una dificultad que de otro modo me hubiese sido ineludible, su atención para conmigo me alegró el día. Suerte, destino, o lo que a mí me gusta llamar Providencia. 

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