Mi cómo, cuándo y dónde de la muerte de Chávez


Martes 05 de marzo de 2013, 23.30 horas.

Estoy en el aeropuerto Charles de Gaulle en París, con una larga noche por delante hasta embarcar en el avión de las 06.40 con destino a Madrid. Estoy sentada junto a una mexicana de treinta y tantos que sale a la misma hora hacia Milan, donde vive hace casi diez años. Su compañía casual es un buen recuerdo junto a los tantos que ya he compartido de París la deslumbrante; intercambiar vivencias a lo largo de esa vigilia me resultó enriquecedor y sólo a través de ella pude saber algo más de la noticia del momento, del ciclo que hacía poquísimos minutos acababa de concluir y por su tenor ya estaba dando la vuelta al mundo.

Tengo quince minutos libres de Wifi en el aeropuerto; cuando el changüí está por expirar leo un titular a la pasada: acaba de fallecer Hugo Chávez. Esta vez parece en serio, el titular tiene un no sé qué más solemne y convincente que otros, falsos, que pululan a intervalos desde hace varias semanas.

Comento lo que hasta entonces es un rumor con mi circunstancial compañera de velada aeroportuaria y me lo confirma. Es que su amiga de años, venezolana, le acaba de mandar por Whatsapp además de la confirmación una descripción categórica: “qué felicidad”. Además le cuenta que inmediatamente después del anuncio oficial salieron las fuerzas de seguridad a la calle, porque “está todo muy revuelto y peligroso y se temen destrozos y saqueos”. 

“Qué feo desearle la muerte a alguien, pero la realidad es que la mitad del pueblo piensa así. Para la otra mitad es una tragedia, el comienzo del caos”, concluye mi compañera. Las aguas están igualmente divididas en México, agrega, donde el nuevo presidente es un “pendejo” que ya logró sembrar amores y odios en partes iguales.

El proceso y deceso que seguramente se incluirá en más de un libro de historia me pilló en el Viejo Continente, distante en más de un sentido de la República Bolivariana y de Latinoamérica, enraizada política y afectivamente con Chávez y su ascenso, esplendor y apogeo, para bien o para mal. Sin embargo, sentí que tenía información de primera mano gracias al testimonio de la amiga venezolana facilitada por la colindante mexicana. Al menos oí una campanada de la tramoya, gusté un sinsabor entreverado en la variopinta realidad.

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Estatua de Simón Bolívar en París. El devoto Chávez se autoproclamaba continuador de la “Revolución Bolivariana”. Azarosa coincidencia que haya tomado esta foto unos días antes.
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