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Deber cívico


Elegimos la tarde más fría desde que llegamos, cuando las calles estaban desoladas (cuando no en la Cañada), para devolver al changuito devenido en inquilino, y en perchero. Costó la separación, pero debíamos hacerlo para no convertirnos en verdaderas chorras, de acción y profesión. ¡No vayan a creer que queríamos hacer semejante grasada, ni desacatar la ley, eh! Eh, eh, eh…

Bajo la consigna: “recién llegamos y no sabíamos que no se podía” y “cualquier cosa lo encontramos en la calle y quisimos arrimarlo”, cruzamos la rotonda y lo dejamos junto a los demás. No quería quedarse… claro, estaba desatado.

Después fuimos a carnicería y a la verdulería, así que esta noche dormiré contenta después de una semana sin ingerir corte de ternera alguno. Lo hubiésemos necesitado al chango para  cargar la nueva compra, pero al menos nos quedamos contentas por haber salido de la ilegalidad.

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